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EXPOSICIÓN
 
 
 
 

 
Leticia Feduchi
Del 26 de febrero al 26 de marzo de 2002
 

Leticia Feduchi aprendió de alguno de sus profesores de dibujo una perfección caligráfica que transforma cualquier objeto a su alrededor en una materia valiosa incorporada a su pintura. Su mirada posee la extraordinaria capacidad de enriquecer el entorno que la rodea. Su taller de pintor responde al paradigma del desorden, del olor a trementina, de los objetos que aparecen reunidos por el azar, como esos mundos cerrados en donde sólo el artista sabe discernir un valor secreto que de algún modo aparece transfigurado en sus cuadros. Sobre una mesa están sus modelos. Hay un vaso con una flor seca que en el lienzo surge con toda su carnosidad y su color, y a la vez fuera del tiempo, inalcanzable en su frescura. Hay un par de escudillas de color sangre con algo de fruta que parece abandonada. Hay un jarrón esférico, una silla de mimbre, un florero de cristal. A la luz de la media tarde de invierno, junto al ventanal, todos esos objetos han perdido la vida vampirizados por la mirada del artista. Hay un ejemplar sin fuerzas de esa flor obscena que llama antherium. Volviendo la mirada hacia otro lado del taller vemos a ese mismo antherium unas semanas atrás, con sus delicados tonos nacarados, femeninos, verde y rosa, que aun parece rezumar u licos seminal adolescente en sus extraño miembro hermafrodita. El fondo blanco de la cal de los cuadros de Leticia Feduchi ha concedido a sus modelos el privilegio de la intemporalidad. Hay algo que recuerda la destrucción de Pompeya y la misteriosa recuperación de la vida por medio de sus representación. De se modo, los retratos y autorretratos tienen la presencia material trascendente, perfectamente individualizada, de unos rostros que viven nuestra vida y parece que han emprendido el camino hacia cierta forma de inmortalidad. Suerte han tenido.

La pieza maestra de la exposición es un sillón de mimbre cubierto de telas. El conjunto presenta una armonía muy compleja de colores sordos, serenos, como matices de sonámbulo, entre el rosa apagado de los sueños de color de rosa y el negro de las pesadillas cortado de ocre. El sillón ha conservado la forma de un cuerpo. Aparece suspendido en el vacío. Su carácter es monumental. Ese modesto sillón tiene todas las características de un trono. Hace pensar en el asiento de un pontífice destituido o de un monarca degradado. Napoleón tomaba el sol en un sillón parecido en Santa Elena. El Papa Luna se sentaba en una silla similar en su palacio de Peñíscola. Ambos eran hombres deprimidos y se abrigaban con telas viejas.

Si se pudiera adivinar el carácter de un artista en su pintura del mismo modo que algunos saben leer en la palma de la mano, se diría que Leticia Feduchi goza de una enorme capacidad de disciplina, que se manifiesta en la perfección y personalidad de su dibujo, y al mismo tiempo lleva en su interior un caudal contenido de emoción y sensualidad, que encuentra su expresión en la delectación con que trata sus modelos y afina sus colores. Cualquiera estará de acuerdo en que se trata de una explicación a la vez eficaz y elemental. Sin embargo, aunque esta teoría no queda descartada, creo que no estará de más acudir a una interpretación de escala superior y de raíz genética. Leticia Feduchi ha recibido como herencia los genes de una antigua y reputada familia de arquitectos y a ello se debe su apreciación manifiesta por la estructura íntima de los objetos. Por otro lado, Leticia Feduchi posee los cromosomas del psicoanálisis en primera generación, y ello ha facilitado su contacto con los valores ocultos, sensuales, de la realidad objetiva, ya sean vasos, sillas o flores, bajo la apareciendo de la más fría capacidad de observación. No hay nada más interesante que llegar por la vía genética hasta la médula de la actividad artística. Estoy seguro de que la influyente revista médica The Lancet no arriesgará su prestigio en avalar esta teoría, pero decía el pálido príncipe danés, hay más cosas bajo la bóveda celeste de las que puede explicar toda la ciencia.

Manuel de Lope

Bodegón de la alfombra
Óleo sobre tabla,
120 x 240 cm, 1999
 
Claveles rosas
Óleo sobre tabla,
45 x 45 cm, 2002
 
 
 
 
Bodegón de la alfombra
Óleo sobre tabla,
120 x 240 cm, 1999
 
Bols de manzanas
Óleo sobre tabla,
39,5 x 45 cm, 2001
 
 
 
 
 
Agua II
Óleo sobre tabla,
93,5 x 50 cm, 2001
 
Blanco y rojo sobre negro
Óleo sobre tabla,
77 x 130 cm, 2002
 
Mantel Negro
Óleo sobre tabla,
122 x 130 cm, 2001
 
Libros
Óleo sobre tabla,
88,5 x 93 cm, 2002
 
Silla
Óleo sobre tabla,
160 x 122 cm, 2002
 

Paisaje de los dos pinos
Óleo sobre tabla,
60 x 114 cm, 2001

 
Manzanas y bolsa
Óleo sobre tabla,
35 x 57 cm, 2001