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Leticia
Feduchi aprendió de alguno de sus profesores de dibujo una perfección
caligráfica que transforma cualquier objeto a su alrededor en una
materia valiosa incorporada a su pintura. Su mirada posee la extraordinaria
capacidad de enriquecer el entorno que la rodea. Su taller de pintor
responde al paradigma del desorden, del olor a trementina, de los
objetos que aparecen reunidos por el azar, como esos mundos cerrados
en donde sólo el artista sabe discernir un valor secreto que de
algún modo aparece transfigurado en sus cuadros. Sobre una mesa
están sus modelos. Hay un vaso con una flor seca que en el lienzo
surge con toda su carnosidad y su color, y a la vez fuera del tiempo,
inalcanzable en su frescura. Hay un par de escudillas de color sangre
con algo de fruta que parece abandonada. Hay un jarrón esférico,
una silla de mimbre, un florero de cristal. A la luz de la media
tarde de invierno, junto al ventanal, todos esos objetos han perdido
la vida vampirizados por la mirada del artista. Hay un ejemplar
sin fuerzas de esa flor obscena que llama antherium. Volviendo
la mirada hacia otro lado del taller vemos a ese mismo antherium unas semanas atrás, con sus delicados tonos nacarados, femeninos,
verde y rosa, que aun parece rezumar u licos seminal adolescente
en sus extraño miembro hermafrodita. El fondo blanco de la cal de
los cuadros de Leticia Feduchi ha concedido a sus modelos el privilegio
de la intemporalidad. Hay algo que recuerda la destrucción de Pompeya
y la misteriosa recuperación de la vida por medio de sus representación.
De se modo, los retratos y autorretratos tienen la presencia material
trascendente, perfectamente individualizada, de unos rostros que
viven nuestra vida y parece que han emprendido el camino hacia cierta
forma de inmortalidad. Suerte han tenido.
La pieza maestra de la exposición es un sillón de mimbre cubierto
de telas. El conjunto presenta una armonía muy compleja de colores
sordos, serenos, como matices de sonámbulo, entre el rosa apagado
de los sueños de color de rosa y el negro de las pesadillas cortado
de ocre. El sillón ha conservado la forma de un cuerpo. Aparece
suspendido en el vacío. Su carácter es monumental. Ese modesto sillón
tiene todas las características de un trono. Hace pensar en el asiento
de un pontífice destituido o de un monarca degradado. Napoleón tomaba
el sol en un sillón parecido en Santa Elena. El Papa Luna se sentaba
en una silla similar en su palacio de Peñíscola. Ambos eran hombres
deprimidos y se abrigaban con telas viejas.
Si se pudiera adivinar el carácter de un artista en su pintura del
mismo modo que algunos saben leer en la palma de la mano, se diría
que Leticia Feduchi goza de una enorme capacidad de disciplina,
que se manifiesta en la perfección y personalidad de su dibujo,
y al mismo tiempo lleva en su interior un caudal contenido de emoción
y sensualidad, que encuentra su expresión en la delectación con
que trata sus modelos y afina sus colores. Cualquiera estará de
acuerdo en que se trata de una explicación a la vez eficaz y elemental.
Sin embargo, aunque esta teoría no queda descartada, creo que no
estará de más acudir a una interpretación de escala superior y de
raíz genética. Leticia Feduchi ha recibido como herencia los genes
de una antigua y reputada familia de arquitectos y a ello se debe
su apreciación manifiesta por la estructura íntima de los objetos.
Por otro lado, Leticia Feduchi posee los cromosomas del psicoanálisis
en primera generación, y ello ha facilitado su contacto con los
valores ocultos, sensuales, de la realidad objetiva, ya sean vasos,
sillas o flores, bajo la apareciendo de la más fría capacidad de
observación. No hay nada más interesante que llegar por la vía genética
hasta la médula de la actividad artística. Estoy seguro de que la
influyente revista médica The Lancet no arriesgará su prestigio
en avalar esta teoría, pero decía el pálido príncipe danés, hay
más cosas bajo la bóveda celeste de las que puede explicar toda
la ciencia.
Manuel de Lope
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Bodegón
de la alfombra
Óleo
sobre tabla,
120 x 240 cm, 1999 |
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Claveles
rosas
Óleo
sobre tabla,
45 x 45 cm, 2002 |
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Bodegón
de la alfombra
Óleo
sobre tabla,
120 x 240 cm, 1999 |
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Bols
de manzanas
Óleo sobre tabla,
39,5 x 45 cm, 2001 |
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Agua
II
Óleo
sobre tabla,
93,5 x 50 cm, 2001 |
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Blanco
y rojo sobre negro
Óleo
sobre tabla,
77 x 130 cm, 2002 |
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Mantel
Negro
Óleo
sobre tabla,
122 x 130 cm, 2001 |
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Libros
Óleo
sobre tabla,
88,5 x 93 cm, 2002 |
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Silla
Óleo
sobre tabla,
160 x 122 cm, 2002 |
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Paisaje
de los dos pinos
Óleo
sobre tabla,
60 x 114 cm, 2001 |
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Manzanas
y bolsa
Óleo
sobre tabla,
35 x 57 cm, 2001 |
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