Isabel Villar
Del 20 de mayo al 19 de junio
Isabel Villar Ortiz de Urbina (Salamanca, 1934) estudió Bellas Artes en la Academia de San Fernando. Desde sus primeros dibujos se manifestó una personalidad singular, atípica, que algunos se empeñan en situar en el mundo naïf, cuando se trata de una pintora culta, consciente de sus propuestas, dominadora de técnicas pictóricas y estudiosa de la historia del arte. La pintora se lo explicó a Sol Alameda (El País, 1981) con su desenvoltura habitual: “Dicen que mi pintura es una búsqueda del tiempo perdido, por ejemplo. Seguramente lo dicen porque pinto a la gente con ropas antiguas. Pero, digo yo, que esto no es más que una apariencia, una decisión estética. No me lo planteo; no sé, creo que es una cuestión de libertad. Es como cuando algunos dicen que soy naïf. Me da igual realmente. Pero yo no estoy muy segura, no creo que sea cierto; no exactamente, al menos. Y yo pienso que lo dicen, seguramente, porque mi pintura no es de vanguardia, porque es una pinturita. Es de niña. ¿Y qué conservo yo de la niñez; soy una mujer-niña? Pues tampoco lo sé. También creo que esto es más bien una puta apariencia. Yo soy normal. No mi pintura ni yo somos tan ingenuas como parece a simple vista. No, si ya lo sé; ya sé que ingenuidad y niñez no tienen por qué ir unidas.”
Ya en 1970, el poeta José Hierro lo supo ver: “Es la ingenuidad sabia de quien ha sido capaz de olvidar lo que la cultura, la historia del arte han aportado, no el ingenuismo torpe. Y estos fantásticos escenarios de leyenda se prolongan en las figuras y paisajes corpóreos, con los que Isabel Villar inventa tiernas mitologías, fantásticas representaciones proyectadas para seres que dudan entre la Grecia pagana y el gótico austero.” Y el crítico Moreno Galván, por las mismas fechas, escribía que Isabel Villar no es naïf: “Ella incorpora la primitividad al universo civilizado de sus formas. Ella es... deliberadamente ingenua. ¿Se puede ser deliberadamente ingenua? No. Ella lo sabe. Pero no pretende engañar a nadie. Ella lo que pretende es incorporar la sabiduría de la ingenuidad al repertorio de las formas históricas y evolucionadas. Algo difícil, pero posible, como estamos viendo.”
LÍRICA FESTIVIDAD CROMÁTICA Vicente Aguilera Cerni (1970)
He aquí las obras de Isabel Villar. ¿Qué son? ¿ Qué significan? Contienen algo inmediatamente cautivador y comunicativo, algo accesible y directo. Nada se interpone entre ellas y nosotros, tal vez porque ha elegido un repertorio de elementos extremadamente sencillos y los ha combinado con simplicidad, sin aparentes complicaciones. Nos sólo ha reasumido los ritos tradicionales del arte, sino que la imagen, su dato esencial, rezuma elocuencia. La inventiva artística, reflejando determinados aspectos de la realidad objetiva, es inequívoca “imaginación”. Son imágenes que resultan de traducir a objetos visibles las vivencias y los procesos del mundo interior: memoria, ideas, emociones, temores... Son elementalidades, dichas de modo también elemental, meticuloso, de apariencia ingenua. Pero este “ser” que reconocemos a primer contacto, no deja perplejos e insatisfechos. Aquí hay algo más, mucho más que estas muñecas, que estas figurillas grávidas, inmóviles, colocadas en una naturaleza hecha de partículas repetidas, ordenadas, proliferantes. La sencillez empieza a parecernos un engaño. Aunque quizá sea otra cosa: el desasosiego desvelado por las claridades excesivas, por los significados polivalentes de lo demasiado reconocible.
Si las obras de Isabel Villar son ante todo imagen e imaginación sin artificios, la significación se instala precisamente en la polivalencia nacida de su exasperada monotonía. Están las figuras hieráticas, abultadas, germinantes, absortas, superpuestas en prados y jardines desiertos a fuerza de hallarse abarrotados, repletos de lujuriante proliferación que sólo parece tener presente, sin pasado ni futuro. Hay, pues, distintas, incomunicadas detenidas en el tiempo. El contenido alegórico brota de ese contraste, de esas soledades, de esa vecindad incomunicada que oscila entre el lirismo y el temor. Se ha plasmado una poética donde lo reiterativo lleva las obsesiones humanas hasta las puertas de la angustia. La cuidadosa hipertrofia del detalle, la reincidencia de tan persistente escrupulosidad., es obsesiva como las perversiones y como ellas ocultan bajo la superficie su verdad tempestuosa, su terrible fijeza, su tortura insatisfecha.
Isabel Villar hace escenarios o maquetas escenográficas donde el personaje se ha paralizado ante el enigma de su propio destino. Eva, con los ojos fijos, pasiva, espera al margen del tiempo, separada de un espacio que, por ser extensión repleta, es la forma del vacío. El Edén – la flor, la hierba, el arbusto, la lírica festividad cromática, la carne, la mirada inocente y profunda- se ha vuelto motivo existencial.
Y sólo es el comienzo. Porque las estupendas obras se Isabel Villar, tan sabiamente ingenuas y turbadoras, por ser poesía son pluralidad y apertura.
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Muchacha alada en el río
2002
Acrílico/lienzo
33 x 46 cm
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Muchacha alada y caucan
2002
Acrílico/lienzo
65 x 50 cm
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Mujer alada con hipopótamos
2002
Acrílico/lienzo
100 x 81 cm
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Playa plateresca
2002
Acrílico/lienzo
116 x 162 cm
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Niña alada con Lemur
2003
Acrílico/lienzo
46 x 33 cm
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Niña alada con Loris
2003
Acrílico/lienzo
46 x 33 cm
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Mujer alada en playa
2002
Acrílico/lienzo
81 x 100 cm
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Mujer alada y tres leones
2003
Acrílico/lienzo
100 x 81 cm
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Tres niñas descansando en las dunas
2003
Acrílico/lienzo
81 x 100 cm
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Mujer alada morena en el mar
2003
Acrílico/lienzo
81 x 100 cm
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Mujer alada con luna llena 2
2003
Acrílico/lienzo
50 x 73 cm
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Flores blancas
2003
Acrílico/lienzo
80 x 80 cm
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