Matías Quetglas
del 26 de febrero al 3 de abril 2004
EL AMOR A LA REALIDAD Y A LA PINTURA
José Hierro
Primero fue la realidad reducida a símbolo, como en el arte paleocristiano o en el románico. Los Ven Eyck, con su “nuevo material" del que no se sirvieron para conseguir calidades insólitas, como en los modernos "nuevos materiales", sino para propiciar su afán de verismo permiten el paso a una pintura más realista, capaz de imitar hasta el aire. Por los meandros idealistas y neoclásicos llegaríamos hasta la máxima realidad: el naturalismo.
La pintura de Matías Quetglas es hija de esta tradición. (Es ésta una afirmación que a nada compromete, pues el realismo ha sido en Occidente, imán constante. Sin la presencia del realismo no entenderíamos a Mondrian.) Huye de una tradición moderna en que el mundo visible fue mero pretexto, punto de partida. Se encamina nostálgicamente, hacia el realismo estricto. Antes ha tenido que rodear el campo donde se cultiva la última forma de naturalismo: el hiperrealismo. Sin que Matías Quetglas sea, en sentido estricto, un hiperrealista, algo hay en su arte que nos lo evoca.
El hiperrealismo es hijo acomplejado del naturalismo, así como el naturalismo es hijo soberbio, incapaz de amar, del realismo. El realista, pensemos en la pintura barroca, ama lo que pinta; precisamente por eso lo pinta. Bajo la apariencia material de los seres o de las cosas adivina su espíritu. Actúa como un poeta que husmea en lo invisible. El naturalista da (e de lo que ve, y nada más de lo que ve. Su soberbia consiste en que se cree un dios hábil, capaz de crear o de imitar con perfección engañosa criaturas con la misma apariencia elite las que conocemos. El hiperrealista, pese a las apariencias, no ama la realidad, como el realista, ni la torna como modelo impasible y dócil para ensayar, en el acto de reproducirla sobre el lienzo, su maestría, como el naturalista. Lo suyo consiste en resaltar lo que hay en la realidad de banal. Es la actitud del moralista que pone de relieve lo perecedero: de, ahí la sensación inquietante que suele experimentarse ante las obras hiperrealistas.
El realismo de Quetglas nace de un doble amor: a la realidad y a la pintura. Tiene en común SU arte, con el hiperrealismo, cl gusto por la expresión sosegada y detallista. No trata -y es lo que le diferencia de aquél- de subrayar lo vacuo de las cosas y de los seres. Por el contrario -y es preciso pensar en la actitud de Jorge Guillén ante la realidad- sus pinturas parecen un perpetuo descubrimiento del mundo "que está bien hecho—. (Naturalmente, esta afirmación de Guillén, latente en los signos plásticos de Quetglas, nada tiene cine ver con la aceptación del dolor y la injusticia.) El mundo está bien hecho porque todo lo que existe y que puede ser contemplado por nosotros corrobora que somos. Un caracol, una flor, el propio artista contemplándose en el espejo, testimonian su ser. Lo que sucede es elite, al revés que en Guillén, en la pintura de Quetglas no existe exaltación, como si no fuese consciente de cuál es el sentido de su amor a la realidad.
Para el realista, el cuadro es una ventana al mundo; la realidad, un dulce y perpetuo asombro. Lo que el renacentista sintió al dejar atrás a la Edad Media es semejante a lo que Quetglas siente, seguramente, al dejar tras de sí al arte contemporáneo, en el que el cuadro no es ventana, sino contraventana que impide ver lo que hay al otro lado. Es un primitivo que descubre lo existente. Un primitivo, no 10 olvidemos, que lleva incorporada a su sangre una vieja y sabia cultura, un oficio bien dominado que 1e impide caer en cualquier suerte de torpe ingenuismo. Primitivo por la visión, pero moderno por la expresión. Su sorpresa está contada con habilidad. Su habilidad está embridada por el temor a caer en el efectismo, en el trompe-l’oeil Cuenta con inocencia, atento a lo menudo y en apariencia insignificante. En su obra actual no establece una jerarquía de valores que comienza en el ser humano y acaba en el bolígrafo, sino que concede a todo la misma importancia, porque todo es real. Ni siquiera en lo que respecta al punto de vista a lo estructural aparece una intención jerárquica. En sus cuadros no existe un elemento que se constituya en centro de la composición, ese elemento, nota más aguda en la escala luminosa, al que, como señalaba Ortega, hemos de mirar para poder abarcar la totalidad del cuadro en una primera mirada. En cada pintura de Quetglas es inútil buscar esa zona protagonista, porque cada uno de los elementos ha sido integrado en una unidad coral, pero sin perder la personalidad. No ha mirado al conjunto, sino al detalle. Todo va, pausada y sucesivamente, reclamando su atención, y eso mismo es lo cine sucede al que contempla sus trasuntos de la realidad. Es un poeta que descubre incesantemente, a fa manera azoriana, los primores de lo vulgar. Podría haber resultado impasible, pero es tierno. Y la ternura -volviendo a Ortega- es la semilla de una sonrisa que da el fruto de una lágrima. Ternura es exactamente lo que da a sus mínimas realidades pintadas su carácter peculiar.
Paralelamente a su amor a las cosas, su amor a la pintura. Una factura lisa, primorosa, de empastes sutiles que permitan pasar, sin solución de continuidad, de lo más claro a lo más oscuro, tiene un grave peligro: el de que el resultado sea algo lamido y, de pobre plasticidad, aunque rico en brillos y sensación de volumen. Quetglas se ha curado en salud, volviendo un poco más allá de los Van Eyck y el óleo: al temple al huevo. Al tiempo que desaparece el riesgo de caer en el aceitoso verismo del aficionado, en la simplificación más torpe, consigue para su pintura una exquisita y matizada sobriedad. Su "nuevo material" necesario es uno de los más noblemente antiguos. El retorno a una visión primitiva ha sido acompañado de un retorno a una técnica igualmente primitiva: dos sistemas de huida hasta el punto de partida de una nueva etapa creadora. Es algo semejante a lo sucedido en la poesía de la generación del 27 -Alberti, sobre todo- pasando por encima de Garcilaso para buscar cobijo y ejemplo en la poesía de los cancioneros.
La duda estriba en saber si lo que hace Quetglas es buscar un punto de partida nuevo o si, por el contrario, ha encontrado definitiva tierra de promisión, en la que se quedará a vivir definitivamente. Es evidente que el mundo de un artista es más profundo y rico de lo que sospechamos los profanos. De ahí que no sea posible arriesgar el vaticinio. Ni mucho menos atreverse a una llamada de atención. Dejemos, por lo tanto, a este artista descubriendo maravillado la realidad desde su estrecho recinto. Y confiemos en que la sorpresa renovada le permita seguir sacando a flote estas constataciones de la realidad.
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Eva pálida
2002
Acrílico/contrachapado
100x81
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Los apasionados
2001-2002
Acrílico/contrachapado
100x81cm
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Recolectora de judias
2002
Acrílico/contrachapado
65x81cm
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Dibujante de insectos
2002
Acrílico/contrachapado
65x81cm
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Lectora con pendiente rojo
2002
Acrílico/contrachapado
65x81cm
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Muchacha con frasco de aceitunas
2002
Acrílico/D.M.
73x60cm
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Poetisa del estío
2003
Óleo/aglomerado
116x89cm
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La muchacha y el rabilargo
2002
Acrílico/D.M.
73x60cm
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Gran desnudo
2003
Acrílico/contrachapado
116x89cm
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La modelo inspiradora
2003
Pastel y carbón/papel
76x54cm
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El pelo de la modelo
2003
Técnica mixta/papel
83x63cm
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Pintora del horizonte
2003
Óleo/aglomerado
116x89cm
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