Xavier Valls
del 6 de noviembre al 5 de diciembre de 2003
El arte de la transparencia
Julián Gállego
El "Diccionario" de los profesores Fatás y Borrás define la acuarela como "pintura realizada con colores transparentes, muy diluidos en agua, y que emplea como blanco el del papel". Me parece una definición clara y concreta, hasta en la alusión al papel, que omiten otros definidores y que incluye como condición necesaria. Puestos a escudriñar, acaso discutiríamos el empleo de "muy", aunque viene al caso para no confundirla con la "gouache", cuyos tonos cubren el soporte sin dejar al blanco del fondo esa ligera titilación que da a la acuarela su luminosidad. Precisamente la exquisitez de la acuarela reside en esa luz maravillosa que los colores acusan, sin ensuciarla. Como técnica pictórica, aparenta ser la más simple y por eso se brinda a los niños para que embadurnen fácilmente los papeles; en realidad, es la más delicada y peligrosa, porque no admite defectos ni excesos, ni tiene remedio en las equivocaciones. Por todo ello, nada más lejos de ser un arte menor o una técnica elemental; en ciertos aspectos es más difícil que el óleo, y Durero o Turner no me dejarán mentir. (Siempre recuerdo mi decepción al visitar por vez primera Viena provisto de cartas de presentación del Louvre de París, y encontrarme, al solicitar en el museo de la "Albertina" las acuarelas
de Durero, con vulgares reproducciones en vez de los originales, por decreto de un famoso director de cuyo nombre no quiero acordarme...). No hay pintura más nefasta que una mala acuarela... Ni más admirable que una buena...
Las de Xavier Valls son excelentes, al nivel de sus mejores cuadros al óleo. Pienso si el cuidado y afecto que su ejecución exige les presta su primorosa sencillez, su aparente ingenuidad, llena de frescura. Ya he indicado que la acuarela no permite errores, ni mucho menos disimularlos, como el óleo. El hecho de que no recubra de tonos opacos las faltas cometidas (el óleo siempre admite componendas) hace su ejecución tan delicada como incorregible. El acuarelista ha de tener, en cierto modo, la absorta atención del grabador. Pero, a diferencia del grabado, ese cuidado meticuloso no debe percibirse a simple vista, porque la acuarela ha de ser clara, fluida y transparente como el agua. Su ejecución exige, pues, un milagroso equilibrio entre el inminente riesgo de la incorrección y la aparente simplicidad de la técnica. Parece un arte casi ingenuo, y por eso se ofrecen a los niños las cajas de pinturas para que embadurnen papeles a su albedrío; pero es, en su depurada y difícil sencillez, semejante a un breve
y conciso poema, un "haikai" chinesco que en una docena de palabras, o pinceladas, debe ofrecer una visión (como todo arte puro) de eternidad, con la suprema coquetería de parecer casual. La mayor atracción de una acuarela reside en su aparente (sólo aparente) simplicidad.
Xavier Valls es un excelente pintor al óleo y como tal figura en la ardua selección del Centro Reina Sofía. Pero quizá jamás sea tan suyo, tan personal y, al mismo tiempo, tan poético, como cuando ejecuta una acuarela sobre un papel tendido en una mesa. La radical diferencia entre el cuadro al óleo, que exige una tela bien sujeta, colgada (por así decir) de la vertical, y la acuarela que, al contrario, ha de realizarse sobre una hoja de papel horizontalmente extendida, ha de reflejarse en la condición mesurada, tranquila, sin sobresaltos de la técnica acuarelista, cuyo primor reside, no en el detallismo excesivo (no estamos en el grabado), sino en el hecho milagroso de crear, con tan sencillos procedimientos y tan tranquila inspiración (y respiración), una obra de arte destinada a durar (casi) eternamente.
Hay en estas acuarelas, de tan transparente luminosidad, la belleza reposada de las formas (frutas, hojas, botellas, frascos, cajas...) y la inalterable armonía de los tonos, tan frescos, como recién nacidos, sin esa fatiga que la pincelada al óleo puede causar. Aquí la pincelada no trata de lucirse; tranquila y obediente, se pone al servicio de las formas, sin llamar la atención por su maestría, sino, al contrario, tratando de pasar más inadvertida que las gotas de la lluvia, como asombrada de su propio color, azul, anaranjado, verde tierno, rosa, carmesí, amarillo, morado..., armonizando en los montes, en las plantas, en los recipientes, en las levísimas sombras que, delicadamente, recortan la luminosa silueta de una mesa, de una cerámica, de un montoncito de higos, de unas hojas tiernas que parecen temblar. Sin moverse: porque la cualidad dominante de estos volúmenes cromáticos es la quietud, la calma, otra vez la eternidad... Xavier Valls ha logrado en esos temas humildes la grandeza monumental de una arquitectura despensera. Esos bodegones, esos paisajes, esas "vistas" casi gigantescas, desmienten con su grandeza ideal la increíble limitación de las dimensiones de su soporte de papel: poco más o menos, 65 x 50 centímetros.
Esa pequeñez que se nos antoja grandiosa, esa armonía sin estridencias (pero sin cobardías) de los colores, terminan por parecernos tan majestuosas como la prosa de Fray Luis de Granada contemplando su olla de miel tapada con un pergamino, o la poesía de San Juan de la Cruz: "Por toda la fermosura / nunca yo me perderé / sino por un no sé qué / que se halla por ventura"... Junto a las ventanitas de su casa a la orilla del Sena, en París, en presencia de su esposa Luisa, que acaba de traer esas frutas, esas hojas, Xavier Valls ha encontrado su "no sé qué"... |
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Frutero con ciruelas
2000
Acuarela
50 x 65 cm.
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Chocolatera
2000
Acuarela
50 x 65 cm.
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Higos y taza
2000
Acuarela
50 x 65 cm.
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Vino y tomates
2000
Acuarela
50 x 65 cm.
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Jarra y manzanas
2000
Acuarela
50 x 65 cm.
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Montañas azules
2000
Acuarela
25 x 32 cm.
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Paisaje de olivos
2000
Acuarela
25 x 32 cm.
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Tres ciruelas y una pera
2000
Acuarela
25 x 32 cm.
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Limones y tarro
2000
Acuarela
25 x 32 cm.
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Sa Plana (Mallorca)
2001
Acuarela
25 x 32 cm.
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Paraguayas, limón y tres claudias
2001
Acuarela
25 x 32 cm.
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Olivar en Mallorca
2001
Acuarela
25 x 32 cm.
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