Homenaje a Katsushika Hokusai . Eduardo Sanz (Santander, 1928) ha estudiado la obra y la actitud ante la vida y el arte de este japonés que vivió entre 1760 y 1849, que realizó más de treinta mil dibujos e ilustró alrededor de quinientos volúmenes, pero que sobre todo ha pasado a la historia del arte como autor de “La gran ola” y las “Treinta y seis vistas del monte Fuji” (1823).
Esta exposición de Eduardo Sanz, que ocupa los espacios de las galerías madrileñas Juan Gris y Rayuela, es una continuación de la presentada el verano pasado en el Palacete del Embarcadero de Santander. Estuvo prologada por Gregorio Morán y fue un verdadero acontecimiento cultural. Los cuadros esenciales de este homenaje a Hokusai pueden verse en esta exposición conjunta en Madrid, enriquecida además con obras más recientes.
Una característica de Eduardo Sanz es su curiosidad, su búsqueda de nuevos retos. “Mientras hay curiosidad, no llega la vejez”, repetía el maestro Azorín. A Sanz le interesa la historia del arte y también el último intento de los jóvenes por encontrar un nuevo hallazgo, pero no se deja deslumbrar por “innovaciones” que traspasan fronteras esenciales. Está de vuelta –por edad y experiencia- de muchas “novedades” que son muy viejas. Experimentó la más pura, dura y hasta agresiva vanguardia con sus espejos rotos. Luego vendría la crisis artística. “La crisis es algo próximo al artista”, comenta. Y con la crisis, otra vuelta de tuerca y, sobre todo, la certeza de que lo importante es hacer lo que a uno le pide el cuerpo. Y se puso a fabricar juguetes, sus barcos soñados. “Mi trabajo ha sido de la destrucción a la construcción”, dice el pintor. Luego vendrían las banderas, los alfabetos marinos. Y los cuadros como cartas de amor cifradas. Y el recorrido por los faros de España, los faros que iluminan la imaginación. Y, por fin, la desembocadura natural en el mar.
El mar. Las olas propias, de nuestra península, o las imaginadas que pintaría Hukusai. Nada le divierte más a Eduardo Sanz que su entrega en el trabajo. Disfruta pintando, imaginando, proyectando, “pensando con las manos”. Ese disfrute se transmite al espectador. Es el gozo de la buena pintura, que se impregna en la mirada y cala en la sensibilidad. Sentado en la banqueta de trabajo puede ser navegante, cartógrafo, farero... Hombre de mar, marinero en tierra, que entra en el paisaje marino con las armas y bagajes de la modernidad. “Doctorado en todas las asignaturas marinas”, como señaló Marcos Ricardo Barnatán.
“Es curioso cómo el sabio Sanz –ha escrito Calvo Serraller- no sólo dota a sus imágenes postreras del pulso del mar y de la misma respiración atmosférica de ese gran vacío que es el de la cúpula celeste. La atmósfera como una lluvia de verticales; la ondulación, como ese gran sumidero que, ordenadamente, deglute, mediante una danza centrípeta, todo lo que flota, obligado a seguir el curso contoneante de lo que se hunde. En este tejido de dibujos sintéticos Sanz resume, con precisión escalofriante, la poesía del mar, que es profunda, misteriosa, insondable, cierto, pero también de preciso diseño geométrico. Uno recorre el proceso lógico en que se desarrolla el caudal de imágenes marinas de Sanz y queda como extasiado ante lo que, en efecto, ahí se trasmite de ritmos, melodías, danzas, pautados ornamentos.”
Hokusai: su cultura, su entrega hasta la ancianidad, su capacidad de sorpresa y cada vez nueva visión del monte Fuji y su atmósfera circundante. Toda una lección que es absorbida, digerida y puesta al día por Eduardo Sanz.